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La curva recta

Verdades que se dicen para mentir

Verdades que se dicen para mentir
El ministro Romero ha declarado que siete de cada 10 bolivianos consumen, ya sea en forma regular o excepcional, la hoja de coca; vale decir toman un mate de coca o  la mascan. En las redes sociales ha traído una enorme repercusión a esta aseveración. La mayoría de los memes han sido burlescos e hilarantes, como si el alto funcionario hubiera dicho algo absurdo, al estilo del que nos tiene acostumbrados el Vicepresidente o, en su momento, el canciller Choquehuanca, que quería sustituir el vaso de leche en el desayuno escolar por un puñado de hojitas de coca.

Sin embargo, esta vez es posible que el Ministro ha haya dicho algo que no esté alejado de la verdad;  es más, puede haberse quedado corto, tal vez es más de un 70% de la población  la que masca coca o toma un matecito y no debemos sacar de la estadística a quienes toman Coca Cola.

Sin embargo, y ahí está el problema, este tipo de estadísticas, de guarismos, en realidad, no dicen nada, porque la diferencia en cuanto a consumo -que puede haber entre alguien que masca coca un par de veces al día y quien toma un mate de coca una vez al año- es tan grande que simplemente una aseveración así no lleva a ningún lugar. O nos lleva o intenta llevarnos al lugar equivocado de las conclusiones inventadas.

Lo cierto es que con cifras como éstas lo que se pretende es legitimar una determinada cantidad de cultivos que van directamente a producir coca para hacer cocaína.  La pretensión de industrializar la coca para su exportación es uno de los absurdos más grandes que uno se puede imaginar, posiblemente porque ante todo no hay mercado para productos industrializados hechos a base de coca, salvo la Coca Cola y la cocaína. De hecho, el que en 11 años de gobierno cocalero no se haya logrado nada al respecto demuestra sin más su inviabilidad.

Ahora bien, no podemos saber con certeza la cantidad de coca que es usada en rituales, masticado o infusiones, no sólo por la dificultad de recolectar información de ese tipo de consumo, sino también porque no existe el menor interés de parte del Gobierno de transparentar esos detalles.

Y ahí está el problema, en el fondo lo que está haciendo el Gobierno es encubrir una actividad ilícita. Eso no es, por supuesto, una novedad, pero merece ser recordado. Es más, está facilitando esa actividad, precisamente porque el extremo de 22.000 hectáreas dedicadas a la producción de coca son un exceso.

¿Puede un país sobrevivir con esta doble moral? ¿Hay una contaminación general de la vida económica y, por ende, de la vida social del país en relación con  los dineros que general el narcotráfico? La respuesta a la última pregunta la conocemos hace décadas, pero nunca antes el Gobierno tuvo no sólo un discurso  tan encubridor, sino que consolidó una legislación favorable a ese negocio.

Las declaraciones del ministro Romero dadas en Viena, hace algunos días, tienen el problema de que utiliza posibles verdades para marear la perdiz. Lo embarazoso es que lo ha hecho ante gente que conoce muy bien el tema, y que de seguro no han podido tomarle en serio. La credibilidad de Bolivia ha sido dañada una vez más.
 
Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.
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